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SE CASARON... Y VIVIERON MUY FELICES.
Entró el príncipe Iván en el blanco palacio de Koschéi. Basilisa la Sabia salió corriendo a su encuentro y le beso en sus labios de miel. Regresaron el príncipe Iván y su Basilisa La Sabia a su hogar y en el vivieron felices y contentos , hasta muy entrada la vejez.
(cuento.- La Princesita Rana).
¿Cosas del destino, vericuetos del azar? No lo se, pero lo que si se, es que sin importar la edad, sexo o posición social, el destino nos sorprende, aparece en ocasiones como hada madrina, otras veces es como si destapáramos la caja de Pandora, nos puede traer felicidad o amargura, pero todo medido por las condiciones y grado social que la misma sociedad se encarga de darnos; y es la triste y penosa historia de aquel viejo solitario y bonachón a quien llamaremos Ruperto(en este caso no importa el apellido) y que los niños del barrio le acomodaron el pomposo titulo de Don Ruperto, y digo titulo porque el “don” se lo otorgo la gente del barrio como reconocimiento a su edad, independientemente de que los anunciantes de brandy dijeran que no todos podemos tener el “Don” de algo que únicamente los privilegiados llegan a obtenerlo. Esto a Don Ruperto lo tenia sin cuidado, a el le habían puesto el Don y nunca había sido privilegiado, no le interesaba si le quitaran o pusieran el “Don”, sabia a perfección que un pobre con-Don, es un Don Nadie, un desecho de la sociedad, alguien a quien el destino le hizo muy malas jugadas, “jugarretas del destino” decía él y la hacia su frase favorita, pero Don Ruperto era distinguido y lo mas que le gustaba era que lo llamaran Mr. Ruperto y así lo llamaremos, Don Ruperto había pasado parte de su vida de “mojado”en los Estados Unidos de Norteamérica y de ahí le venia un aprecio por el idioma ingles y por ese país; no perdía oportunidad para practicarlo y su único practicante era un joven albañil que después de la jornada diaria de trabajo pasaba a visitar a Don Ruperto, llegaba a tomarse su “caguama”; era curioso verlos saludarse en ingles: mister ?...is mister atjom...? Yes, comin plis. Respondía Mr. Ruperto y sacaba un cajón de madera para que se sentara a echarse su cerveza, luego seguía el saludo: alou, jaguaryu? Mr. Ruperto very gúel, an yu?... güel, güel, güel.
Esto era un saludo tradicional entre ellos, y al parecer como no sabían otra cosa que no fuera el saludo, el joven albañil se entendía a disfrutar su cerveza, mientras Mr. Ruperto acomodaba su “mercancía” a la cual le tenia mucho cariño, doblaba cada cartón con esmero y cuidado lo aplastaba y amarraba hasta hacer un bulto uniforme, luego se despedían con el clásico. Gud bai, tenquiu Mr. Ruperto…gud bai.
Mr. Ruperto vivía solo, triste, abandonado y esperando la ultima “jugarreta del destino” o que “Dios me llame a cuenta”, tenia como todas sus pertenencias un lote en un barranco que en años pasados fue el río Chuviscar, un cuarto de abobes de cuatro por cuatro con techos de cartón y plásticos de propaganda política, un camastro que le había regalado un buena persona, una mesa que el orgullosamente presentaba como su creación realizada en un momento de inspiración ebanistica, un bracero que solo en las nevadas utilizaba como calefacción central; el cuarto tenia un agujero que el llamaba indistintamente ventana y hoyo, en verano lo mantenía abierto como si fuera un tragaluz, en el invierno lo tapaba con una foto enmarcada y con vidriera de un excandidato y ya expresidente, algunas rejas de madera, cobijas raidas, mantas grises de lo percudido y un altar a la Virgen de Santa Eduviges, patrona de los menesterosos, apartaba un rincón para almacenar los logros de su trabajo diario, cartones, periódicos y alambres de cobre anudados. Ese era el mundo de Mr. Ruperto, su forma de vida. Fea forma de vida, pero no había para mas, sin embargo todas las noches antes de acostarse daba gracias a Dios por los favores recibidos y uno de esos favores era que estaba cerca de los que tienen pues todas la mañanas para llegar a su “centro de trabajo” apenas subía el barranco y llegaba a la zona residencial, donde la basura era buena basura, donde tiran muchas cosas que a nosotros los pobres nos sirven, a Mr. Ruperto le gustaba ir arriba a buscar lo que ya no usaban los de arriba, pues era como subir al cielo en la misma tierra. Mr. Ruperto nunca se “quebró la cabeza”, pensando porque arriba del barranco parecía el cielo y aquí abajo en el “chapultequito” barrio producto de la invasión, había veces parecía el infierno, con todo y eso consideraba que la vida tenia que ser así, a unos Dios les da de todo, y a otros Dios nos pone a prueba para merecer en la otra vida, ¡que va! son jugarretas del destino...que caray .
A sus cincuenta años, Mr. Ruperto era un muestrario de enfermedades, casi de todas tenia un poco, usaba sus neomelubrinas para los dolores de cabeza y muelas, la naproxen para las reumas y todo tipo de dolores, el melox para el estomago, medicamentos que le regalaban en el dispensario del barrio.
Una tarde a mediados de noviembre cuando empieza a calar el frió del invierno, estando reunidos los muchachos del barrio en torno a una lumbrada cerca de la morada de Mr. Ruperto mientras convalecía recostado en su camastro victima de dolores intestinales, que ni el melox se los calmaba, una diarrea una diarrea amibiasica que ni con la mano la podía detener, ni la coca-cola con limón, surtía efectos. Levantarse para salir del cuarto le costaba mucho esfuerzo, mientras afuera los niños y jóvenes jugaban con su lumbrada, nadie se dio cuenta como empezó todo, ya cuando un humo blanco envolvía la casa, empezaron a gritar que llevaran agua y sacaran a Don Ruperto, apenas lograron sacarlo, la lumbre invadió por completo el cuarto, Mr. Ruperto perdía su mercancía producto de su trabajo diario y todo su hogar, “otra jugarreta del destino” exclamaba, la diarrea y sus dolencias hicieron que las lagrimas brotaran y en su rostro se formara una expresión de dolor y angustioso sentimiento. Por fin terminaron de apagar el fuego, Mr. Ruperto se fue a misa a catedral a dar gracias a Dios por haber salido con vida de otra mas de las muchas jugarretas del destino, a manera de confesión contó al sacerdote de su tragedia, este le ayudo con unas tablas que habían servido de cimbra, le pidió que lo bendijera y al despedirse, el sacerdote le dio un “dinerito”...” anda ve a comer y resígnate”, le dijo como consuelo.
Ya mas resignado, llego a su cuartito destruido donde lo esperaban algunos vecinos, que al parecer iban a darle el pésame, pero no, le llevaron cena y le entregaron un “dinerito” y por ahí le aconsejaron que fuera a pedir ayuda a la presidencia y a ver si lo curaban, le recetaron kaolín pectina para la infección intestinal, y le dieron una orden para que recogiera una laminas de cartón para su cuarto, también le recomendaron que fuera a la asistencia social del palacio de Gobierno... y fue, lo citaron para el siguiente día, le dijeron que fuera al otro edificio, en el otro edificio le dijeron que le harían un estudio para saber si realmente necesitaba la ayuda que volviera al siguiente día para llenar un cuestionario, luego pasada una semana lo visitarían para hacer un estudio socio-ambiental. A Mr. Ruperto no le importo, como que le gusto eso de andar de pediche y mientras hacían el famoso estudio de las necesidades de Mr. Ruperto no dejo de asistir a las oficinas, ahí fue donde otra jugarreta del destino se le presento, fue ahí haciendo antesala donde conoció a la mujer de sus sueños, una señora mas o menos de su edad sola que también pedía ayuda al Gobierno, por algún tiempo esa oficina fue su lugar de cita, a Ruperto ya no le interesaba la ayuda, sino el romance, la ayuda sentimental que la asistencia social jugaba en ese momento, la jugarreta del destino al parecer estaba tocando a su puerta paro ahora se presentaba el lado amable de su destino, no cabe duda decía “no hay mal que por bien no venga“ en poco tiempo formalizaron su compromiso, yo le perdí la pista porque hasta de cuarto cambiaron, pero los vecinos decían que Don Ruperto ahora si era Don Ruperto, que era todo un flamante esposo responsable y cariñoso que los domingos podía verlos en el Parque Lerdo caminando ella atrás de él, que algunas veces los vieron en el cine colonial, que se había casado y Vivian felices los viejitos, pero no, yo no creo que se hayan casado, un amor de esos, no exige formalismos mas bien se juntaron y vivieron muy felices.
El destino unió sus vidas, y el amor hizo milagros, pues a la oficina de asistencia social nunca volvieron, la ayuda solicitada paso a ser solamente una solicitud, pero lo que necesitaban ahí lo encontraron.
Poco tiempo después leí en la nota roja del periódico de la tarde el encuentro de un sexagenario y su esposa muertos por monóxido de carbono en un cuarto de una colonia de las orillas de la ciudad, la nota no identificaba a los occisos, Vivian solos y para protegerse del frió usaban un bracero, eran las primeras victimas de la temporada de invierno.
¡Ah!, pobre Mr. Ruperto, la vida lo trato muy mal, pero fue de un gran corazón me queda un gran recuerdo de él y el remordimiento de no haberle felicitado por esa feliz jugarreta del destino, le debo el regalo de bodas y todos le debemos lo que la vida le negó, -si fue que murió- murió dando gracias a Dios y al gobierno por haber encontrado a su media naranja en esas oficinas encargadas de tan grandes problemas. Tal vez fueron sepultados en una fosa común, sin el postrero adiós de un amigo, tal vez ni la bendición de un sacerdote, pero si la proximidad de la muerte los junto, entonces diremos que se juntaron y murieron muy felices... hasta la eternidad.
PJDMcuentos de petuz, CHIHUAHUA,CHIH. 1986.ágora
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